Crónicas de Adamá
Una alma más
Dmantos · Capítulo I
I · El último instante
Dmantos no recordaría después el sonido exacto de su muerte.
Recordaría fragmentos.
Una luz demasiado fuerte. El impulso absurdo de levantar una mano, como si aquel gesto pudiera detener lo inevitable. El sabor metálico que apareció en su boca. Una presión seca dentro del pecho. Luego, el suelo acercándose con una lentitud imposible, como si el mundo hubiese decidido concederle unos segundos adicionales solo para que comprendiera que ya no podía hacer nada.
No sintió una revelación.
No vio su vida entera pasar frente a sus ojos.
Pensó en cosas pequeñas: una conversación pendiente, una puerta que quizá había dejado sin cerrar, una promesa que creyó que podría cumplir al día siguiente. Pensó que todavía era demasiado pronto. Todo el mundo debía pensar lo mismo en ese momento.
Después llegó el silencio.
No era el silencio de una habitación vacía. Era la ausencia completa de cualquier cosa capaz de producir un sonido. Dmantos intentó respirar, pero no encontró pulmones. Quiso abrir los ojos y comprendió que tampoco tenía párpados. Aun así, podía percibirse.
Era una presencia suspendida en un lugar sin arriba ni abajo.
—¿Estoy muerto? —preguntó.
Su voz no viajó por el espacio. La pregunta simplemente existió.
Durante un tiempo que no supo medir, nadie respondió. La desesperación comenzó como una duda y luego creció hasta convertirse en una certeza insoportable: tal vez aquello era todo. Tal vez la muerte no era un juicio, un paraíso ni un nuevo comienzo. Tal vez era permanecer consciente dentro de la nada.
Entonces apareció una claridad lejana.
No se acercó. El vacío se retiró ante ella.
La luz no lastimaba. Era cálida, pero no como el fuego. Dmantos sintió que algo lo observaba desde el otro lado de aquel resplandor, no con curiosidad ni con sospecha, sino con una paciencia antigua.
Por primera vez desde que todo terminó, dejó de sentirse completamente solo.
II · Ante la luz
La claridad adoptó la forma de un hombre alto.
Su piel era pálida; el cabello y la barba, blancos. Los ojos azules parecían contener más cansancio que poder. Vestía ropas sencillas, sin corona ni armadura, pero el lugar entero respondía a su presencia. Dmantos comprendió que aquella figura no era el ser completo, sino una forma reducida, una imagen capaz de existir frente a él sin destruirlo.
Aun así, tuvo que esforzarse para sostener la mirada.
—Bienvenido —dijo el desconocido.
—¿A dónde?
—Todavía no has llegado.
La respuesta no lo tranquilizó.
—Entonces sí morí.
El hombre guardó silencio el tiempo suficiente para que Dmantos entendiera que no habría una mentira piadosa.
—Sí.
La palabra cayó con una suavidad que la hizo más pesada.
Dmantos quiso protestar. Preguntar por qué. Exigir regresar. Pero, al buscar dentro de sí el recuerdo de su cuerpo, encontró solo una distancia creciente. Lo ocurrido ya no podía deshacerse mediante voluntad.
—¿Quién eres?
—Me llaman Nur.
El nombre produjo una sensación extraña. No era reconocimiento, sino la certeza de que aquel nombre poseía un significado que su mente aún no podía abarcar.
—¿Eres Dios?
Nur sonrió apenas.
—Soy un dios. No el único. Y no soy quien creó tu mundo.
Dmantos lo estudió, buscando alguna señal de burla. No la encontró.
Nur le explicó lo indispensable. Existían mundos distintos, aunque él mismo no conocía todos. Las almas no siempre terminaban donde habían nacido. Vida y Muerte gobernaban ciclos que incluso los dioses de Adamá no comprendían por completo. La llegada de Dmantos había sido permitida, pero no anunciada como parte de una profecía.
—¿Entonces fui elegido?
—Fuiste aceptado.
La diferencia le dolió y, al mismo tiempo, lo alivió.
No había un destino esperando que él salvara a nadie. No existía una voz proclamándolo héroe. Había muerto y, por razones que quizá jamás conocería, se le ofrecía continuar.
Una vida más.
Nada menos.
Nada más.
III · Dos bendiciones
Nur levantó una mano y varias luces aparecieron a su alrededor.
No eran ventanas ni palabras flotantes. Cada una se manifestó como una posibilidad que Dmantos podía sentir: fuerza, resistencia, afinidad, percepción, memoria, velocidad, sanación, comprensión. Algunas parecían inmediatas. Otras eran semillas cuyo valor solo se revelaría después de años.
—Puedes recibir dos bendiciones —explicó Nur—. No reemplazarán tu esfuerzo. Tampoco decidirán quién serás.
Dmantos observó las luces y comprendió que escoger era más difícil que desear. En su vida anterior habría elegido poder sin pensarlo. Allí, después de morir, cada posibilidad parecía una forma distinta de renunciar a las demás.
Preguntó qué ocurría si elegía mal.
—Aprenderás a vivir con tu decisión —respondió Nur—. Como siempre.
No hubo crueldad en la respuesta. Solo verdad.
Dmantos eligió.
Las dos luces seleccionadas entraron en él sin dolor. No sintió una explosión de poder ni una voz anunciando una victoria. Percibió dos presencias silenciosas, profundamente unidas a su nueva alma. Sabía que estaban allí, pero no sabía dominarlas.
—¿Eso es todo?
—Para este lugar, sí.
Nur le habló de Adamá. Un mundo antiguo, enorme, habitado por civilizaciones que existían desde mucho antes de su llegada. Dmantos comenzaría entre humanos porque aquella era su primera vida allí. Despertaría en un territorio protegido, aunque protegido no significaba inofensivo.
—Busca el Gremio —dijo Nur—. Allí te registrarán y te explicarán las leyes que protegen a quienes comienzan.
—¿Y tú volverás a hablar conmigo?
Nur no respondió de inmediato.
—Puede que vuelvas a ver un templo. Puede que escuches historias sobre mí. Eso no significa que yo pueda responder cada vez que me llames.
La honestidad volvió a incomodarlo.
Dmantos miró el espacio sin límites. Quiso formular cien preguntas: sobre su familia, sobre su antigua vida, sobre Vida y Muerte, sobre lo que habría ocurrido si su alma no hubiera sido aceptada.
Nur pareció comprenderlo.
—Tus recuerdos permanecen contigo. No para encadenarte, sino para que sepas quién has sido. Lo que hagas con ellos te pertenece.
La luz comenzó a cerrarse.
—Espera.
—Vive, Dmantos.
Y el vacío desapareció.
IV · El Bosque del Despertar
El primer aliento de su nueva vida fue violento.
Dmantos despertó tosiendo sobre un suelo cubierto de hojas húmedas. El aire entró en sus pulmones con tanta fuerza que le dolió el pecho. Rodó sobre un costado, hundiendo una mano en tierra oscura, y durante varios segundos solo pudo respirar.
Tenía cuerpo.
La constatación le provocó una risa nerviosa que terminó convertida en llanto. Tocó su rostro, sus brazos, su pecho. Todo era nuevo y, al mismo tiempo, respondía como si siempre le hubiera pertenecido.
Sobre él se alzaban árboles inmensos. Algunos tenían troncos tan anchos que varias personas tomadas de las manos no habrían podido rodearlos. Entre aquellos gigantes crecían árboles jóvenes, helechos, flores y enredaderas. El bosque no parecía antiguo ni nuevo. Era ambas cosas a la vez.
La humedad se adhería a la piel. Insectos de alas transparentes pasaban entre rayos de luz verde. A lo lejos, una criatura emitió un canto grave, seguido por el movimiento repentino de ramas.
Dmantos dejó de llorar.
Estaba vivo, pero no estaba seguro.
Se incorporó lentamente. Vestía una camisa sencilla, pantalones resistentes y botas sin adornos. No llevaba armas, comida ni dinero. Nur lo había enviado a otro mundo con dos bendiciones y absolutamente ninguna explicación práctica sobre cómo evitar morir durante la primera hora.
—Muy considerado —murmuró.
Algo respondió dentro de su cabeza.
[Inicio completado.]
Dmantos se quedó inmóvil.
Frente a sus ojos apareció un brillo tenue. Apenas una línea de luz, imperfecta, como si alguien hubiese intentado dibujar una ventana y se hubiera detenido antes de terminar.
[Asistencia disponible: nivel 1.]
—¿Quién dijo eso?
[Pregunta no comprendida.]
—Perfecto. Estoy discutiendo con mi propia cabeza.
[Observación registrada.]
La respuesta fue tan absurda que Dmantos volvió a reír, esta vez en silencio. Después miró el bosque.
La alegría de haber recibido otra vida seguía allí, pero ya no estaba sola.
Ahora caminaba junto al miedo.
V · Una ayuda demasiado básica
El sistema no se parecía a nada que Dmantos hubiera imaginado.
No mostraba niveles, estadísticas ni una lista de habilidades. Cuando preguntó por sus bendiciones, respondió:
[Información insuficiente. Se recomienda aprendizaje práctico o evaluación autorizada.]
Cuando preguntó dónde estaba:
[Bosque del Despertar. Región oriental del continente humano de Pangea.]
—¿Qué tan lejos está el pueblo?
[Destino civil más cercano detectado: River.]
Apareció un mapa rudimentario. No mostraba caminos completos, elevaciones ni peligros. Era una mancha verde, una línea azul y un punto tenue hacia el oeste.
—¿Eso es todo?
[Función de mapa: nivel 1.]
Dmantos suspiró. Al menos poseía una dirección.
Antes de caminar, examinó el área. Había frutos de distintos colores, hongos anchos como platos y hojas que acumulaban agua. Ninguno le parecía familiar. El sistema se negó a identificar lo que él no conocía.
[La enciclopedia requiere descubrimiento verificado.]
—¿Y cómo verifico que algo no es venenoso?
[Consulte a un recolector, herborista, investigador o representante del Gremio.]
—Todos están en el pueblo al que necesito llegar sin comer nada venenoso.
[Correcto.]
Dmantos comenzó a sospechar que la asistencia no poseía sentido del humor, lo cual hacía sus respuestas todavía peores.
Encontró una rama firme y la utilizó como bastón. Después marcó el tronco cercano con una piedra, por si terminaba caminando en círculos. El bosque estaba lleno de vida, pero no parecía diseñado para orientarlo. Cada dirección ofrecía árboles, raíces, sonidos y sombras parecidas.
El mapa señaló una ruta aproximada.
Dmantos avanzó.
A los pocos minutos comprendió que su cuerpo era más fuerte que el anterior, aunque no de manera sobrenatural. Respiraba mejor. Sus pasos se sentían ligeros. Tal vez era parte de una bendición, tal vez simplemente poseía un cuerpo sano.
No quiso asumir nada.
En Adamá, incluso saber qué podía hacer requeriría tiempo.
Aquella idea lo tranquilizó. Si no era un héroe, tampoco tenía que comportarse como uno durante su primer día.
VI · La primera criatura
El sonido surgió a su derecha.
Un crujido breve.
Dmantos levantó la rama con ambas manos y giró. Entre unas hojas apareció una criatura del tamaño de un perro pequeño. Tenía cuerpo parecido al de un roedor, patas traseras largas y una cola cubierta por placas verdes que imitaban hojas.
El animal lo observó.
Dmantos lo observó también.
[Especie no registrada.]
—Eso ya lo sabía.
La criatura olfateó el aire y dio un paso hacia él. No parecía agresiva. Dmantos bajó lentamente la rama. Recordó que el Bosque del Despertar contenía criaturas de nivel bajo, pero “nivel bajo” no significaba amistosas.
El animal saltó hacia un fruto caído, lo mordió y retrocedió. Después emitió un chillido.
Otros tres pares de ojos aparecieron entre la vegetación.
Dmantos decidió que no necesitaba competir por aquella comida.
Se alejó sin darles la espalda. Una de las criaturas lo siguió durante varios metros, quizá atraída por el olor de su ropa o por simple curiosidad. Cuando Dmantos aceleró, el animal levantó las placas de la cola. Estas se endurecieron como pequeñas cuchillas.
La advertencia fue suficiente.
Dmantos retrocedió y rodeó el área.
[Comportamiento observado. Registro provisional creado.]
Una silueta simple apareció en el borde de su visión.
—¿Ahora sí sabes qué es?
[Nombre desconocido. Rasgos registrados: pequeño herbívoro territorial; cola defensiva; conducta grupal.]
No era mucha información, pero era conocimiento ganado. Dmantos comprendió que la ayuda no estaba allí para revelar el mundo antes de que él lo viviera. Aprendía con él, almacenaba lo que veía y quizá, con el tiempo, podría convertirse en algo mucho más útil.
Aquello también significaba que sus errores formarían parte de su aprendizaje.
Siguió caminando con mayor cuidado.
El bosque dejó de parecer una decoración hermosa. Cada planta podía ocultar una criatura. Cada sonido podía ser una advertencia.
Por primera vez, Dmantos sintió el peso completo de su segunda oportunidad.
Podía morir otra vez.
VII · Agua y memoria
El calor aumentó mientras avanzaba.
Dmantos había perdido la noción del tiempo. El sol apenas se veía entre las copas y el día de Adamá no obedecía las medidas que conocía. Su cuerpo le indicó que llevaba horas caminando, pero el cielo parecía casi igual.
Escuchó agua antes de verla.
Un arroyo estrecho cruzaba entre raíces negras y piedras cubiertas de musgo. Dmantos se arrodilló, pero detuvo la mano antes de beber.
—¿Es segura?
[No existe análisis disponible.]
Tomó la rama y removió el fondo. El agua era clara, corría con fuerza y no tenía olor extraño. Vio pequeños peces plateados moviéndose contra la corriente. Recordó consejos de supervivencia que había escuchado en su antigua vida, ninguno con garantía suficiente.
La sed decidió por él.
Bebió poco. Esperó. Bebió de nuevo.
El agua estaba fría y tenía un sabor mineral. No ocurrió nada inmediato.
Se sentó junto al arroyo y, por primera vez desde que despertó, permitió que su mente regresara a lo que había perdido.
Las memorias seguían intactas. Rostros. Voces. Lugares que nunca volvería a visitar. Personas que quizá lloraban su muerte en ese mismo instante, si el tiempo entre mundos avanzaba de la misma manera.
No sabía si debía sentirse agradecido o culpable.
Una segunda vida era un regalo para quien la recibía. Para quienes quedaban atrás, su muerte seguía siendo una ausencia.
—No los olvidaré —dijo.
El bosque no respondió.
Dmantos llenó una hoja grande con agua y bebió una vez más. No podía llevarla consigo, pero al menos conocía la dirección del arroyo. El mapa añadió una línea azul más precisa.
[Fuente de agua registrada.]
Era una función pequeña. Sin embargo, le hizo sentir que cada paso dejaba algo detrás: un conocimiento, un punto, una prueba de que había estado allí.
Se levantó.
No podía regresar a su antigua vida. Tampoco podía permanecer sentado lamentándola hasta que el bosque decidiera matarlo.
River seguía hacia el oeste.
El Gremio seguía allí.
Y, por ahora, eso era suficiente.
VIII · Voces humanas
Dmantos encontró las primeras señales de personas cuando vio un corte limpio en una rama.
No era una mordida ni una rotura natural. Alguien había utilizado una herramienta. Poco después descubrió huellas de botas sobre barro húmedo y restos de fibras atadas alrededor de un arbusto.
El alivio fue tan intenso que comenzó a seguir el rastro demasiado rápido.
La voz de una mujer lo detuvo.
—No des otro paso.
Dmantos levantó las manos.
Tres personas aparecieron entre los árboles. Una mujer de mediana edad sostenía una lanza corta. Junto a ella, un joven llevaba dos canastas y un hombre mayor cargaba un machete ancho. Vestían ropa sencilla, botas embarradas y capas ligeras para protegerse de la humedad.
—Soy nuevo —dijo Dmantos.
La mujer no bajó la lanza.
—Eso ya lo veo.
Miró su ropa, sus manos vacías y la desorientación que él no podía ocultar.
—¿Despertaste hoy?
—Creo que sí.
El hombre mayor soltó una risa breve.
—Entonces sí eres nuevo. Los recién llegados siempre creen que el día debería haber terminado antes.
La tensión disminuyó. La mujer guardó la lanza.
Eran habitantes de River que recolectaban hojas medicinales, frutos y resinas. No parecían sorprendidos por encontrarlo. Le explicaron que nuevas almas aparecían en distintas zonas protegidas del bosque. Algunas hallaban el camino sin ayuda. Otras daban vueltas durante horas.
—¿Hay más como yo? —preguntó.
—Siempre hay alguien nuevo —respondió la mujer—. No todos los días, pero lo suficiente para que aprendamos a reconocerlos.
La frase eliminó cualquier ilusión restante de excepcionalidad.
Dmantos era importante para sí mismo. Para Adamá, era una llegada conocida.
Una alma más.
La mujer le ofreció un fruto amarillo después de cortarlo y mostrarle cómo retirar las semillas oscuras.
—Estas irritan el estómago. La pulpa es segura.
El sistema registró la información.
Dmantos comió despacio. El sabor era dulce y ácido.
Nunca un alimento tan sencillo le había parecido una bienvenida tan grande.
IX · El camino de los recolectores
Los habitantes de River permitieron que Dmantos caminara con ellos.
La mujer se presentó como recolectora autorizada, pero Dmantos evitó memorizar nombres y cargos mientras intentaba procesar cada detalle del mundo. El hombre mayor conocía las plantas; el joven era aprendiz y hablaba demasiado.
Gracias a él, Dmantos supo que el Bosque del Despertar no era una reserva cerrada. Los habitantes entraban para recoger materiales, aunque respetaban zonas donde los árboles antiguos eran protegidos. También existían guardias y aventureros que vigilaban las rutas principales.
—¿Por qué llaman así al bosque? —preguntó Dmantos.
—Porque ustedes despiertan aquí —respondió el joven—. Antes tenía otro nombre. Creo.
El hombre mayor lo corrigió.
—Todavía lo tiene. Solo que nadie lo usa cerca de River.
No explicó más.
Caminaron por una senda casi invisible. El grupo identificaba marcas que Dmantos no habría notado: piedras apiladas, cortes en raíces, cordeles verdes y pequeños símbolos tallados a baja altura.
La recolectora examinó su rama improvisada.
—Eso no detendrá a nada grande.
—Me ayudó a sentirme menos indefenso.
—Entonces ya cumplió su función.
Le prestó un cuchillo de trabajo, corto y pesado. No era un arma de aventurero, pero poseía filo real.
—Lo devolverás en River.
Dmantos asintió.
Durante el trayecto encontraron plantas medicinales, huellas de criaturas y un árbol cuyo tronco despedía calor. El hombre mayor advirtió que no debía tocarse cuando las líneas rojas de la corteza estuvieran encendidas.
El sistema registró cada observación, aunque se negó a convertirlas en conocimientos definitivos hasta recibir confirmación del Gremio o de un especialista.
—Tu mirada cambia cuando haces eso —comentó la mujer.
Dmantos dudó.
—Tengo una especie de ayuda.
—Muchos llegan con dones extraños. No los enseñes a cualquiera hasta que el Gremio los evalúe.
Fue la primera advertencia humana que recibió en Adamá.
Y la primera vez que comprendió que una bendición podía atraer algo más peligroso que una criatura del bosque.
X · Las Llanuras del Este
La salida del bosque llegó sin ceremonia.
Un instante caminaban bajo sombra verde; al siguiente, los árboles se separaron y el mundo se abrió.
Dmantos se detuvo.
Las Llanuras del Este se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Campos cultivados formaban franjas irregulares de distintos tonos. Había canales de riego, caminos de tierra, cercas de madera y casas dispersas. Más lejos se distinguían molinos movidos por el viento y pequeñas figuras trabajando entre los sembradíos.
El cielo era inmenso.
Después de horas bajo árboles, Dmantos sintió vértigo. Adamá parecía demasiado grande para pertenecer a una sola mirada.
Dos ríos brillaban a la distancia. Entre ellos se levantaban techos, chimeneas y una empalizada baja.
—River —dijo el joven.
El nombre era simple, casi obvio. Dmantos sonrió.
—¿Lo llamaron River porque está junto a un río?
—Está entre dos.
—Eso no mejora mucho la creatividad.
El muchacho rio, pero el hombre mayor afirmó que el nombre era más antiguo que el reino actual y que su significado original podía no pertenecer a la lengua común. Dmantos decidió no juzgar tres mil años de historia durante su primer día.
El camino hacia el pueblo atravesaba granjas. Los agricultores saludaban al grupo. Algunos miraban a Dmantos con curiosidad y luego continuaban trabajando. Nadie se arrodilló. Nadie vio señales del destino en su llegada.
Una carreta pasó cargada de vegetales. El conductor levantó dos dedos a modo de saludo.
—Nuevo —dijo, sin preguntar.
—¿Es tan evidente?
—Caminas como si nunca hubieras visto tierra.
Dmantos miró sus botas cubiertas de barro.
Tal vez tenía razón.
El sistema amplió el mapa. El punto de River dejó de ser una marca solitaria y comenzó a mostrar caminos, agua y estructuras.
[Zona descubierta: Llanuras del Este.]
No hubo música ni recompensa.
Solo viento sobre los cultivos, olor a tierra húmeda y la certeza de que el mundo continuaba mucho más allá de donde podía verlo.
XI · El puente
Para llegar a River debían cruzar el primero de los dos ríos.
El puente era de piedra y madera, ancho para permitir el paso de carretas. A ambos lados había puestos pequeños donde pescadores vendían parte de la captura del día. Peces de escamas azules se movían todavía dentro de recipientes llenos de agua.
Dmantos redujo el paso.
El pueblo estaba más vivo de lo que esperaba. Había niños llevando cestas, granjeros negociando, animales de carga, perros bajo las mesas y barcas avanzando contra la corriente mediante largas pértigas.
Un guardia se acercó al grupo.
No llevaba armadura completa. Vestía una chaqueta reforzada y portaba una lanza. Saludó a los recolectores y miró a Dmantos.
—¿Despertado?
—Sí.
—¿Herido?
—No.
—¿Mordido, envenenado o seguido por alguna criatura?
Dmantos negó las tres cosas.
El guardia anotó algo en una tablilla.
—Ve al Gremio antes de buscar alojamiento o trabajo. Si tienes algún don activo, no lo pruebes dentro del pueblo sin permiso. Si te sientes enfermo, hay un puesto médico después del mercado.
La naturalidad del procedimiento impresionó a Dmantos. Aquella comunidad llevaba suficiente tiempo recibiendo nuevas almas como para convertir lo imposible en una rutina administrativa.
—¿Necesito pagar para entrar?
—No.
—¿Y para registrarme?
—Eso te lo explicarán allí.
El guardia señaló una vía principal que atravesaba el pueblo.
Antes de seguir, Dmantos devolvió el cuchillo a la recolectora.
—Quédatelo hasta llegar al Gremio —dijo ella—. Allí podrás comprar algo mejor cuando tengas dinero.
—No tengo dinero.
—Entonces tendrás que trabajar.
La respuesta no contenía burla.
Dmantos cruzó el puente con ellos. Bajo sus pies, el río chocaba contra los pilares y dividía la luz en cientos de reflejos.
Al llegar al otro lado, el sistema emitió una notificación.
[Asentamiento descubierto: River.]
Dmantos respiró hondo.
Había sobrevivido al bosque.
Ahora debía aprender a vivir.
XII · River
River no era una ciudad grandiosa.
No tenía torres de mármol, murallas gigantes ni palacios visibles. Sus edificios eran de piedra, madera y techos inclinados. Las calles principales estaban compactadas por años de tránsito; las secundarias conservaban barro cerca de los canales.
Pero estaba viva.
El olor del pan se mezclaba con pescado, humo, cuero y hierbas secándose al sol. Los comerciantes gritaban precios. Un herrero golpeaba metal detrás de un taller abierto. En una plaza pequeña, varias personas descargaban sacos de grano mientras un funcionario contaba cada uno.
Dmantos intentaba mirarlo todo.
La ropa era sencilla, aunque no uniforme. Los campesinos vestían telas resistentes. Los comerciantes llevaban bolsillos y cinturones llenos de instrumentos. Vio aventureros con armas y armaduras muy distintas entre sí: una arquera con capa gris, un hombre con escudo redondo, dos jóvenes cargando bastones.
Nadie parecía estar actuando para un jugador.
No había personajes esperando inmóviles junto a señales brillantes. Las personas discutían, trabajaban, reían y se apartaban cuando una carreta necesitaba pasar.
—¿Todos ellos son…? —Dmantos se detuvo.
No sabía cómo preguntar quién era un jugador y quién había nacido en Adamá.
La recolectora comprendió.
—No intentes adivinar. Aquí una vida es una vida.
La frase fue simple, pero estableció una frontera.
Dmantos había llegado pensando en sistemas, niveles y misiones. River se negaba a reducirse a eso.
El grupo lo condujo hasta una fuente pública. Bebió y se lavó el barro de las manos. El joven le mostró una posada económica, una panadería y el puesto médico.
—Quince vellones por pan y agua en el local más barato —explicó—. Pero primero ve al Gremio. A veces ofrecen alimento de llegada.
—¿Quince vellones es mucho?
—Para alguien con cero, sí.
Dmantos volvió a mirar el pueblo.
Su segunda vida ya tenía economía, leyes y necesidades.
La inmortalidad, al parecer, no incluía almuerzo gratis.
XIII · Señales del Gremio
Dmantos reconoció la influencia del Gremio antes de ver el edificio.
En distintas esquinas había placas con un mismo emblema: un ave guardiana rodeada por formas entrelazadas. Algunas señalaban refugios. Otras indicaban rutas seguras, normas para aventureros o lugares donde podían entregarse materiales.
Una placa mostraba los rangos públicos: F, E, D, C, B, A y S.
Dmantos se detuvo frente a ella.
—Empiezas en F —dijo la recolectora—. No importa lo que creas saber de tu otra vida.
—¿Y si mis bendiciones son poderosas?
—Entonces seguirás sin conocer los caminos, las leyes, las criaturas ni a las personas. El rango no mide solo cuánto puedes destruir.
El hombre mayor aprobó con un gruñido.
Continuaron por una calle más ancha. Allí había tiendas de equipo, un establo, un almacén y una casa de baños. Aventureros entraban y salían con bolsas, documentos y materiales. Algunos llevaban tarjetas metálicas sujetas al pecho o al cinturón.
El sistema reaccionó.
[Señal institucional detectada.]
—¿Puedes conectarte con el Gremio?
[Compatibilidad desconocida. Se requiere evaluación.]
Dmantos empezó a comprender que el registro no sería una formalidad. Su ayuda era diferente a las tarjetas que veía. La advertencia de la recolectora regresó a su mente: no mostrarla a cualquiera.
—¿El Gremio gobierna River?
—No —respondió ella—. River tiene autoridades del reino. El Gremio administra sus asuntos, protege aventureros y hace cumplir sus leyes dentro de su jurisdicción.
—¿Y si un noble comete un crimen contra un aventurero?
—Depende del crimen, del lugar y de las pruebas. Pero el título no borra la investigación.
Aquello sonaba demasiado ideal para ser perfecto. Dmantos supuso que Adamá tendría corrupción, conflictos y excepciones como cualquier mundo habitado.
Sin embargo, una institución capaz de sobrevivir durante miles de años debía poseer algo más que buenas intenciones.
Al final de la calle apareció un edificio grande de piedra clara.
Sobre la entrada, el ave guardiana extendía sus alas.
XIV · Frente a la sede
La sede del Gremio de River era el edificio más sólido que Dmantos había visto en el pueblo.
No era un castillo, pero había sido construido para durar. La planta baja tenía muros anchos, ventanas protegidas y dos entradas: una principal y otra lateral por donde se transportaban cajas y materiales. Un tablón cubierto ocupaba parte de la fachada.
Personas de distintas edades se reunían frente a él.
Había solicitudes para recolectar plantas, acompañar carretas, revisar trampas, entregar medicinas, reparar cercas y eliminar criaturas que dañaban cultivos. Algunas misiones exigían combate. Otras pedían conocimientos de agricultura, curación o construcción.
—Pensé que todas las misiones serían matar monstruos —dijo Dmantos.
—River necesita seguir funcionando —respondió el hombre mayor—. Los monstruos no cosechan el trigo.
El joven señaló una misión de recolección y dijo que esperaba registrarse cuando terminara su aprendizaje. La recolectora le dio un golpe suave en el hombro.
—Primero aprende a distinguir una raíz medicinal de una que te deja sin voz.
Dmantos observó las recompensas. Vellones. Puntos de servicio. Comida. En algunos casos, alojamiento temporal.
Por primera vez desde su muerte, vio una ruta concreta hacia el día siguiente.
Podía registrarse. Trabajar. Aprender. Conseguir comida. Tal vez encontrar un lugar donde dormir. Eran objetivos pequeños, casi humildes, pero después de haber perdido una vida completa, le parecieron extraordinarios.
La recolectora extendió la mano.
—Aquí termina nuestro camino.
Dmantos se la estrechó.
—Gracias. No habría llegado tan rápido sin ustedes.
—Habrías llegado —dijo ella—. Quizá mañana. Quizá después de que algo te mordiera.
El hombre mayor le indicó que devolviera el cuchillo cuando tuviera uno propio. El joven le pidió que no olvidara el nombre del fruto amarillo.
El sistema había registrado el fruto.
Dmantos sabía que recordaría a las personas.
Los vio alejarse hacia el mercado antes de volver la mirada hacia la puerta del Gremio.
XV · Una alma más
Dmantos permaneció frente a la entrada.
Había imaginado ese momento desde que Nur pronunció la palabra Gremio. En su mente, la llegada debía sentirse como una meta. Sin embargo, mientras observaba a aventureros entrar y salir, comprendió que apenas había alcanzado el verdadero comienzo.
Detrás de aquellas puertas lo evaluarían.
Descubrirían sus bendiciones.
Tal vez comprenderían la naturaleza de la asistencia que lo acompañaba. Tal vez no. Recibiría una tarjeta, un rango y obligaciones. Su nueva vida dejaría de ser una promesa abstracta y se convertiría en un nombre registrado dentro de Adamá.
Sintió miedo.
No al edificio, sino a la permanencia de lo que estaba a punto de hacer.
En el bosque podía fingir que todo era un sueño producido por los últimos impulsos de un cerebro moribundo. River había destruido esa posibilidad. El barro en sus botas, el hambre en su estómago, las voces del mercado y el cuchillo prestado eran reales.
Su antigua vida había terminado.
No existía una puerta de regreso.
—¿Alguna recomendación? —preguntó al sistema.
[Objetivo principal disponible: registrarse en el Gremio.]
—Eso ya lo sé.
[Recomendación adicional: responder con honestidad.]
Dmantos sonrió.
—Al fin dices algo útil.
Subió los escalones.
Sobre él, el emblema del ave parecía observar la calle y todo lo que se extendía más allá: el pueblo entre dos ríos, las Llanuras del Este y el Bosque del Despertar donde otras almas abrirían los ojos por primera vez.
Dmantos apoyó una mano sobre la puerta.
No era un elegido.
Ninguna profecía conocía su nombre.
Adamá no se había detenido para recibirlo y probablemente continuaría existiendo si él desaparecía al día siguiente.
Pero estaba vivo.
Había cruzado la muerte, despertado en un mundo desconocido y llegado por sus propios pasos hasta aquel lugar.
Empujó la puerta.
El ruido del salón del Gremio lo envolvió.
Y así comenzó la segunda vida de Dmantos.
No como héroe.
No como salvador.
Solo como una alma más.
Continuará